Tras meses y meses de hibernación, los animalejos pudieron por fin salir de su agujero. Nueve largas lunas habían transcurrido desde aquel "es provisional". Pero el triste recuerdo de la vieja zorra persistía en sus memorias, por lo que aún se resistían a abandonar la oscura y húmeda madriguera que llamaban hogar.
"¿Dónde está el cuarto de contadores?", fue de lo primero que se les pasó por la cabeza. Tras comprobar que el zorro propietario de su nueva morada era de fíar (se había invitado a una caña), sólo podían pensar en aquellos extraños huecos que se abrían al exterior.
Nuestros bichos quedaron obnubilados ante el gran poder de estos vanos, por los cuales se colaba una energía muy particular que, en su baile, propiciaba al lugar una gama de colorido que hacía apenas una eternidad no disfrutaban.
Sólo varios días después pudieron empezar a darse cuenta de que, en realidad, comenzaban una nueva vida: agua, luz, internet y pileta, ¿qué más se puede pedir?